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Otro NaNoWriMo fallido

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Todos los años intento hacer el nanowrimo (escribir 50.000 palabras en el mes de noviembre) cuando toca (noviembre) y siempre me resulta imposible terminarlo.

Noviembre es un mes bastante complicado para mí. Lo era en etapa estudiante (entregas de trabajos de fin de trimestre/cuatrimestre, exámenes finales…) y lo es ahora que trabajo (supongo que es lo que pasar al ser docente, que tienes el mismo trabajo, pero al revés).

En realidad creo que si sumamos todas las palabras que he escrito en noviembre supero de sobra las 50.000, pero no son exclusivamente de un manuscrito.

También es que siempre me suelo plantear el nanowrimo para proyectos nuevos. La idea de la historia que he estado escribiendo en noviembre no la tuve hasta mediados de octubre y me dije: «¿y si escribo una novela corta (50k) y me hago el nanowrimo?».

La intención era buena.

Con esto quiero decir que a lo mejor intentar escribir 50.000 palabras de una cosa nueva cuesta más trabajo que de algo que ya tengas empezado, pero como normalmente me hago una buena maratón de escritura en los meses de junio, julio y agosto, me tomo septiembre y octubre más de chill y cuando llega noviembre casi que se me ha olvidado por dónde empezar (mentira, pero me cuesta arrancar).

Así que, si me acuerdo, el año que viene a lo mejor es buena idea probar a empezar el proyecto una semanita antes del nano.

person holding compass in forest
Photo by Tobias Aeppli on Pexels.com

El nanowrimo cuando eres brújula.

Soy abiertamente brújula, pero no es ese el motivo por el que haya tenido otro nanowrimo fallido. Soy brújula todos los meses del año y en el pasado julio fui capaz de escribir 57.000 palabras. Más de 41.000 en agosto.

No he incumplido el reto por ser brújula, sino de verdad porque no he tenido tiempo.

Y la palabra tiempo aquí abarca muchas cosas: sí, me podía haber levantado una hora antes todos los días para dedicarla exclusivamente a escribir (aunque odio madrugar); sí, me podía haber quedado levantada una hora más cada noche para escribir aunque las palabras que me salieran fueran basura que habría que haber retocado un montón. También podría haberme hecho una minimaratón los fines de semana para alcanzar el objetivo que durante la semana me resulta imposible.

La pregunta es: ¿me merecía la pena quemarme en algo que me gusta tanto como escribir por un reto?

Sé que el objetivo del nanowrimo es crear la rutina y demostrar que con «pocas» palabras al día se puede sacar una novela corta en un mes. Y coincido en parte, pero al mismo tiempo hay días que se hacen cuesta arriba, días que no me merece la pena irme a dormir con dolor de cabeza para rascar quinientas palabras más solo por un reto que en casi cualquier otro mes no se me haría tan cuesta arriba.

¿Conclusión?

No sé muy bien por qué estoy hablando de mi nanowrimo fallido. Me da igual haberlo fallado, ni siquiera lo siento como tal.

Es más, considero que me ha puesto a tono para escribir la próxima historia (trilogía) con la que me quiero poner (el proyecto Pheeva, que puedes cotillear aquí).

Dicho esto, creo que deberíamos ponernos de acuerdo para hacer un nanowrimo en otro mes. ¿Qué te parece julio?

Gracias por leer hasta el final.

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